sábado, marzo 28, 2026
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Pakistán-Afganistán: acaba la tregua y sube el riesgo de guerra

Pakistán-Afganistán: acaba la tregua y sube el riesgo de guerra

Cinco días de ‘paz’ frágil y acusaciones cruzadas en plena escalada

La tregua de cinco días entre Pakistán y Afganistán vence este martes a las 00:00 (las 19:00 GMT) y deja el sur de Asia al borde de un nuevo repunte bélico. El alto el fuego, pactado tras el estallido de hostilidades el 26 de febrero, llega a su fin entre denuncias mutuas por violaciones y con la amenaza explícita de represalias inmediatas ante cualquier incidente.

La pausa fue posible por la mediación de Arabia Saudí, Catar y Turquía. Entró en vigor a medianoche del 18 de marzo. Pero el propio diseño del acuerdo —sin confianza real y con el terrorismo como excusa y como detonante— lo convirtió en una cuenta atrás más que en una desescalada.

Seguridad, terrorismo y el TTP: el núcleo del choque

El eje del conflicto es la seguridad. Islamabad acusa al gobierno afgano de dar cobijo a miembros del Movimiento Talibán Pakistaní (TTP), un grupo insurgente que ha reivindicado ataques mortales en suelo paquistaní y que aspira a imponer un estado islámico en el país vecino. El régimen talibán en Kabul niega la acusación.

Pakistán justificó el cese temporal como un gesto de ‘buena voluntad’ por la proximidad del Eid al-Fitr (fin del Ramadán), pero avisó de que su operación militar se reanudaría con ‘fuerza renovada’ si detecta ataques transfronterizos o incidentes terroristas durante la tregua. Es decir: el mensaje es disuasión, pero también presión.

Denuncias por morteros y silencio del Ejército paquistaní

Portavoces talibanes denunciaron este lunes fuego intermitente de morteros desde territorio paquistaní durante las últimas 72 horas. Según fuentes de Kabul, esos incidentes habrían causado la muerte de al menos tres civiles, entre ellos una mujer y un menor de cuatro años, lo que vuelve a cuestionar el cumplimiento íntegro del pacto.

El Ejército paquistaní, que celebra este lunes el Día de Pakistán bajo medidas de seguridad, ha guardado silencio oficial en los últimos tres días tras defender inicialmente que sus ataques fueron ‘altamente precisos’ contra bases del TTP. Ambas naciones, al aceptar el pacto, advirtieron de que cualquier agresión contra su territorio o ciudadanos recibirá una respuesta armada inmediata.

La tregua nace tras el bombardeo a un hospital en Kabul

El alto el fuego se gestó como medida urgente tras el bombardeo paquistaní del 16 de marzo contra un hospital de rehabilitación en Kabul. Las autoridades talibanes elevan el balance a 411 muertos, mientras la misión de la ONU en Afganistán (Unama) ha confirmado de forma independiente 143 fallecidos y advierte de que la cifra aumentará a medida que avance la verificación.

Según un balance de la ONU fechado el martes pasado —que no incluye el ataque al hospital—, al menos 76 civiles afganos han muerto desde el 26 de febrero en ataques desde Pakistán. Además, más de 115 000 personas han sido desplazadas por el conflicto dentro de Afganistán.

Análisis crítico: diplomacia ‘de foto’ y una frontera que sigue ardiendo

La mediación de potencias regionales puede congelar el frente durante unos días, pero no resuelve el problema de fondo: una frontera porosa, milicias que operan a ambos lados y gobiernos que convierten la ‘lucha antiterrorista’ en argumento para justificar acciones que luego alimentan el siguiente ciclo de violencia. El ministro paquistaní de Exteriores, Ishaq Dar, insistió en su determinación de ‘erradicar la amenaza terrorista’ y en que ‘las acciones en Afganistán’ se orientan a ese objetivo.

Además, el choque tiene un trasfondo histórico que suele omitirse cuando conviene simplificar: Pakistán fue de los pocos países que reconoció al primer régimen talibán, junto con Arabia Saudí y Emiratos Árabes. Y la tensión territorial se enraíza en la Línea Durand, trazada en 1893 por el británico Mortimer Durand, una frontera considerada artificial por Afganistán, que divide etnias y alimenta el conflicto.

Con la tregua agotándose, la pregunta no es si habrá nuevas acusaciones, sino qué incidente —real o atribuido— servirá de chispa para reactivar una escalada que ya ha dejado civiles muertos y desplazamientos masivos en pocas semanas.

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