Una pedanía de Las Villuercas con 41 habitantes rompe tres décadas de silencio

Solana, pedanía de Cabañas del Castillo (Cáceres), en la comarca de Las Villuercas, vuelve a escuchar el llanto de un recién nacido tras tres décadas sin bebés censados. La protagonista es Lidia Benito Gómez, nacida el 13 de marzo, la primera bebé registrada en el pueblo desde hace 30 años. Antes que ella, la última niña fue su tía, hoy con 33 años, y el último niño tendría ahora 30.
El dato emociona, pero también retrata una realidad incómoda: la España rural no se apaga por falta de ‘relatos’, sino por falta de familias, servicios y oportunidades. Mientras la política nacional se entretiene en consignas, hay pueblos que se juegan su futuro en algo tan básico como que nazca un niño.
Sanidad, escuela y kilómetros: el coste real de vivir en el campo
Lidia nació en el Hospital San Pedro de Alcántara de Cáceres, a unos 120 kilómetros de Solana. El pediatra lo tienen a unos 10 minutos en coche, en Berzocana. Para ir al colegio, la niña deberá desplazarse 18,4 kilómetros hasta el Centro Rural Agrupado Las Villuercas, en la pedanía de Roturas de Cabañas.
Sus padres, Sergio Benito (solaniego) y Esperanza Gómez (de Pueblonuevo de Miramontes, Campo Arañuelo), se instalaron en Solana hace año y medio buscando tranquilidad. Aseguran que las distancias no les frenan y celebran la acogida vecinal. Esperanza lo resume con naturalidad: ‘No te lo esperas, al final son cosas un poco de familia’. Sergio admite que le hace ‘ilusión’ ver a ‘toda la gente volcada’ con su hija.
De 80 a 41 vecinos: el desplome que nadie quiere mirar
Solana, enclavada entre la garganta del mismo nombre y la Sierra del Alcornocal, es la localidad más al sur y distante del municipio. En solo una década, su población se ha reducido a la mitad: el INE registraba 80 habitantes en 2013 y el último dato de 2024 la baja a 41. Ya a mediados del siglo XIX superaba el centenar: 117, según los escritos de Pascual Madoz.
En este contexto, el nacimiento de Lidia se vive como lo que es: una excepción que se celebra, pero que también evidencia el problema estructural. En un país donde el debate público se concentra en macrotemas ideológicos, la pregunta que incomoda es otra: ¿quién garantiza que una familia pueda quedarse en un pueblo sin renunciar a lo esencial?
‘Estamos muy contentinos con la chiquinina’: un pueblo volcado
La bisabuela, Concepción Palacios, con casi 89 años, presume del revuelo y corrige el dato que algunos repetían: ‘la última que nació aquí, en Solana, fue su tía… hace 33 años‘. Muchos vecinos superan los 70 y 80 años, y apenas ven niños salvo las visitas puntuales de nietos.
El pueblo, sin embargo, ha respondido como comunidad. Entre sus atractivos figuran la iglesia de San Miguel Arcángel y el restaurante Doña Tomasa, reconocido con un Solete de la Guía Repsol, donde organizaron una fiesta sorpresa durante el embarazo. Los vecinos llenan la plaza cuando la niña sale a pasear. ‘Es una alegría’, dice Marcelino Fernández. ‘Estamos muy contentinos con la chiquinina’, añade Nuria Rodríguez. Y Felipe Peromingo, que grabó el vídeo de la sorpresa, asegura que ‘va a ser la niña mimada del pueblo’.
ANÁLISIS CRÍTICO: España vaciada, slogans llenos
La historia de Lidia funciona como símbolo y como advertencia. Sí, hay calor humano y comunidad. Pero también hay kilómetros para parir, para el pediatra y para el colegio. Y esa es la parte que rara vez ocupa portadas: el abandono cotidiano, el goteo demográfico y la dependencia del coche para todo.
Si la política quiere tomarse en serio la natalidad y la cohesión territorial, tendrá que salir del plató y entrar en la realidad: sin servicios cercanos, sin facilidades para formar familia y sin respeto por quien decide vivir fuera de la gran ciudad, el país se seguirá quedando sin pueblos. El nacimiento de una bebé no debería ser noticia extraordinaria. En Solana lo es. Y eso dice mucho de cómo se han hecho las cosas durante décadas.



