“Lo divertido del caso es que Sánchez quería perder. De hecho, quiere perder en todos sitios, menos en Cataluña.”
La debacle del PSOE en las recientes elecciones autonómicas —especialmente en Extremadura— ha servido para poner al descubierto lo que muchos analistas políticos llevan tiempo intuyendo: el proyecto político de Pedro Sánchez comienza a mostrar grietas profundas y la estrategia que ha guiado al partido en los últimos años está agotada.

El anticomunicato triunfalista que desde Moncloa se ha vendido en los medios afines ha chocado frontalmente con la realidad del electorado socialista. Y cuando se examinan no sólo los resultados —la contundente derrota en Extremadura y otros retrocesos autonómicos— sino los movimientos políticos detrás de ellos, surge una teoría inquietante: ¿habrá sido la estrategia del propio Sánchez conducir al PSOE hacia la derrota?
¿Una derrota buscada? Estrategia o incompetencia
Para algunos sectores críticos del análisis político, lo ocurrido en Extremadura no fue un accidente, sino el inevitable resultado de una estrategia deliberada. Con una frase provocadora se ha sintetizado esta lectura:
“Sánchez quería perder… menos en Cataluña.”
¿A qué se refiere esta afirmación? A la idea de que, según estos críticos, la dirección del PSOE habría anticipado la pérdida de poder en varias regiones para un propósito más amplio: consolidar el control interno del partido ante una crisis de liderazgo y, de paso, limitar el poder de barones territoriales que se le resisten, como Emiliano García‑Page.
En esta lectura —que circula especialmente en círculos críticos al sanchismo— el presidente y secretario general habría elegido deliberadamente a candidatos con poca proyección electoral en regiones estratégicas (como Extremadura o Aragón), con la expectativa de que su derrota debilitara a federaciones internas que no se alínean con su línea política.
Gallardo en Extremadura: el candidato que no pudo cumplir el plan
El caso de Extremadura es paradigmático. La apuesta por Miguel Ángel Gallardo como candidato no solo no rindió los resultados esperados, sino que su derrota fue tan significativa que impidió cumplir el objetivo de mantener una presencia socialista estable en la región, dejando al partido en una posición de debilidad política y moral.
La falta de una respuesta nítida del propio Gallardo tras los resultados —ni asumió, ni desmintió una dimisión — fue vista por muchos como un signo de la desorientación del PSOE.
Una narrativa de supervivencia
Lejos de asumir la derrota como un momento de autocrítica, desde Moncloa se ha ensayado una narrativa distinta: la de que los votos perdidos “volverán” en las próximas generales gracias a medidas redistributivas y sociales —como las subidas del Salario Mínimo Interprofesional, de pensiones y de sueldos públicos— que, según la dirección del partido, deberían reforzar su base electoral.
Este enfoque, aunque atractivo para ciertos electorados de corte social, no convence a muchos críticos dentro y fuera del PSOE, que consideran que las medidas sociales no compensan la percepción de falta de liderazgo político y coherencia estratégica.
La percepción interna: dependencia de los favores estatales
La derrota socialista no solo se explica en términos electorales, sino también como reflejo de un desgaste más profundo: una base social que, acostumbrada a las políticas de gasto estatal y a la dependencia de la teta pública, ahora se encuentra sin referentes claros ni razones convincentes para seguir apoyando al partido histórico que antaño encarnaba valores de cohesión nacional.
En el discurso crítico que circula entre veteranos del socialismo, se acusa al PSOE de haber abandonado su papel original en favor de fórmulas populistas y de portavocía de intereses clientelares, una tendencia que —arguyen— termina por erosionar la propia esencia del partido.
El futuro incierto del socialismo español
¿Puede el PSOE recuperarse de esta situación? Los analistas más severos no son optimistas. Para ellos, el problema no es solo la derrota electoral, sino la ausencia de una estrategia de renovación política y de liderazgo convincente. La apuesta por la confrontación con rivales tradicionales, sin una propuesta clara de renovación interna, puede haber culminado en un punto de inflexión peligroso para el socialismo español.
Algunas voces han llegado a sugerir —en tono tanto crítico como sarcástico— que el PSOE está en una especie de vía muerta, incapaz de conservar sus apoyos históricos ni de articular un discurso ganador frente a la derecha. Y que, en ese sentido, las derrotas actuales podrían ser solo el preludio de una fractura más profunda.
Conclusión: ¿quién paga el precio de la derrota?
La narrativa que circula entre sectores críticos no se centra únicamente en las cifras: va más allá, señalando un cambio de paradigma en la política española en el que el PSOE ya no es protagonista principal, sino una fuerza a la defensiva, preocupada más por sostener su propia supervivencia que por liderar un proyecto político cohesionado.
Si esta interpretación se confirma, la historia de la política española de los próximos años podría estar marcada no por las victorias del pasado, sino por la reconstrucción de un PSOE que aún no sabe cómo reconstituirse después de haber perdido su dirección histórica.



