
Lujo accesible: el deseo que pagan los «excursionistas»
El sector crece menos por millonarios y más por pequeños ahorradores
El experto en lujo César Val, autor de Secretos del lujo (Editorial Vanir), sostiene que el lujo no es solo exclusividad: también funciona como una puerta de entrada para el consumidor común, convertido en «excursionista de lujo». Según explica, desde siempre el ser humano busca diferenciarse con posesiones: algo que pocos tengan, aunque sea \»de saldo\» para otros con más renta. Eso, para Val, es el lujo: lo que se aleja de lo rutinario y lo mundano.
En el programa Economía de bolsillo, la periodista Lourdes Castro analiza un sector que mueve enormes cantidades de dinero y que, en gran medida, no crece por las grandes fortunas, sino por quienes se permiten un capricho puntual: «tocamos el lujo, nos damos el capricho y volvemos a la rutina», resume Val.
La fórmula: ahorrar como hormiga para comprar como élite
Val describe un patrón repetido: pequeños ahorradores que apartan una parte de sus ingresos para comprarse un bolso ocasionalmente, hacer un viaje al año o darse una buena cena al mes. A su juicio, son quienes han hecho crecer el lujo en los últimos 20 años.
Este fenómeno reabre un debate incómodo: mientras el discurso político y mediático demoniza el consumo aspiracional, la realidad es que millones de ciudadanos siguen buscando estatus y pertenencia en marcas y experiencias. No es solo vanidad: es identidad social. Y, para muchos, también es una manera de escapar —aunque sea por unas horas— de una vida cada vez más cara y más intervenida.
De la posesión al relato: comprar historias para contarlas
Más allá del dinero, el lujo se sostiene en psicología. Val lo define como un mercado de deseos, no de necesidades, y recuerda que «ningún sueño que merezca la pena es fácilmente alcanzable». Es el llamado feel good factor: sentirse especial y formar parte de una comunidad.
Esa pertenencia puede verse en el logo que se pasea por la calle, aunque el verdadero conocedor del lujo —señala— prefiere artículos que gritan menos la marca, pero que su «tribu» identifica al instante.
La tendencia actual, además, desplaza el foco: importa más la experiencia de compra que el objeto. Val pone un ejemplo revelador: en coches de alta gama, puede salir más caro recoger el vehículo en fábrica que recibirlo en casa. ¿Por qué? Porque no se compra solo un coche: «estoy comprando la experiencia».
ANÁLISIS CRÍTICO: el lujo como termómetro social y político
Cuando el lujo se «democratiza» vía caprichos, el mensaje es claro: el consumo aspiracional no desaparece; se reconfigura. La élite compra discreción y exclusividad. La clase media compra acceso simbólico y relatos para redes. Y el sistema, mientras tanto, se beneficia de una sociedad entrenada para desear más que para exigir rendición de cuentas a quienes gestionan su poder adquisitivo.
En definitiva, el lujo es profundamente subjetivo: no solo cuenta historias, sino que —sobre todo— te da historias para contar. La pregunta incómoda es quién está contando las suyas con libertad… y quién solo puede permitirse «excursiones» cada vez más caras.



