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EE.UU.-Irán: 40 años de choque, ideología y poder

EE. UU. e Irán acumulan más de 40 años de enfrentamiento marcado por ideología, energía y geopolítica. Trump vuelve a presionar a Teherán con el programa nuclear en el centro del pulso, mientras Europa queda como actor secundario.

EE.UU.-Irán: 40 años de choque, ideología y poder

Trump vuelve a tensar el pulso nuclear con Teherán

El antagonismo entre Washington y Teherán, abierto desde la Revolución Islámica de 1979, vuelve a acercarse a un escenario de choque directo. Tras el breve paréntesis diplomático del acuerdo nuclear de 2015 impulsado por Barack Obama, la relación se ha endurecido con Donald Trump, que reactivó la presión y elevó el tono militar.

Este viernes, delegaciones de ambos países se reúnen en Omán: por parte estadounidense acude el enviado especial Steve Witkoff y por parte iraní el ministro de Exteriores Abas Araghchi. El objetivo oficial: acercar posiciones sobre el programa nuclear, foco de fricción desde hace años.

El relato ideológico tapa lo central: la geopolítica

La República Islámica nació como una ruptura con la influencia occidental. El texto recuerda un antecedente clave: el golpe de Estado de 1953, atribuido a Reino Unido y EE.UU., que derrocó al Gobierno de Mohammad Mosaddegh tras la nacionalización del petróleo y reforzó al sah Mohammad Reza Pahlavi. Desde entonces, la desconfianza no es un accidente: es estructura.

Para el historiador Siavush Randjbar-Daemi (Universidad de Saint Andrews), el motor es ideológico. Señala el ‘rígido antiamericanismo’ del líder supremo Alí Jamenei como freno a cualquier deshielo, incluso cuando hubo presidentes iraníes más proclives al diálogo, como Mohammad Jatamí o Hasán Rohaní.

Pero otros expertos citados ponen el dedo en la llaga: la ideología existe, sí, pero el factor decisivo es el mapa. El profesor Kamran Matin (Universidad de Sussex) y el investigador Samuele Carlo Abrami (CIDOB) subrayan que el componente geoestratégico pesa más que la retórica. Irán es un nudo territorial entre Oriente Medio y Asia Central, con energía, rutas marítimas y alianzas alternativas.

Por qué Irán importa: petróleo, Ormuz y el eje Rusia-China

Irán es un país de más de 90 millones de habitantes y de un tamaño aproximado de tres veces España. Tiene grandes reservas de gas y petróleo y un control decisivo sobre el Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20 % del transporte marítimo de gas y petróleo.

En plena pugna regional con Arabia Saudí, Teherán se ha aproximado a China y Rusia: en 2023 entró en la Organización de Cooperación de Shanghái y en 2024 se sumó a los BRICS. Y mantiene una enemistad abierta con Israel. Además, ha tejido apoyos con milicias y organizaciones afines como Hizbulá (Líbano), Hamás y la Yihad Islámica (Gaza), los hutíes (Yemen) y grupos en Irak, aunque debilitados.

El acuerdo de Obama: desescalada fallida y Europa como espectadora

El temor occidental a que Irán pueda obtener armamento nuclear se suma al cóctel. Teherán insiste en que su tecnología tiene fines pacíficos, pero el expediente lleva décadas abierto: Bill Clinton impuso sanciones en 1995 y después se añadieron la ONU y la UE. La presión desembocó en el acuerdo de 2015, vigente desde 2016.

En 2018, Trump retiró a EE.UU. del pacto, al que calificó de ‘decadente y podrido’, alegando que permitía a Irán continuar su programa y, a la vez, financiarse. Joe Biden trató de reactivar negociaciones para un nuevo acuerdo, sin éxito.

Abrami lo define como una ‘oportunidad perdida’ con ‘muchos perdedores’, incluida la UE y Turquía. La lectura es incómoda para Bruselas: Europa aparece como potencia regulatoria sin músculo geopolítico, atrapada entre sanciones, energía y una región que no controla.

Trump presiona a un régimen debilitado: sanciones, protestas y amenaza militar

Con el colapso del acuerdo, volvieron las sanciones y el desgaste interno. Matin describe una situación social dura: fuerte devaluación de la moneda, empobrecimiento, cortes de luz y agua, y protestas en ausencia de vías políticas para canalizar el malestar.

Abrami añade que el régimen justifica la represión como respuesta a la amenaza externa. El resultado, sostiene, ha sido la radicalización: presión sin horizonte claro y choque de maximalismos.

En este contexto, Trump presiona al Gobierno iraní presidido por Masoud Pezeshkian para negociar, mientras amenaza con una acción militar ‘como en Venezuela’. Randjbar-Daemi apunta una idea clave: Trump no tendría ‘ninguna urgencia’ porque ‘no necesita el petróleo iraní’ y las sanciones dificultan que terceros entren en ese mercado.

Matin remata la diferencia: Trump negocia buscando imponer condiciones, combinando la oferta de diálogo con el despliegue de fuerza, algo que otras administraciones evitaban por miedo a otra guerra tipo Irak o Afganistán.

Lo que nadie dice alto: el pulso también es contra Europa

Tras décadas de retórica, el choque EE.UU.-Irán no va solo de consignas religiosas o antiamericanismo. Va de energía, de rutas marítimas, de alianzas y de quién dicta las reglas. Y, de rebote, deja a la Unión Europea en una posición incómoda: paga los costes de la inestabilidad, pero apenas decide el guion.

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