miércoles, febrero 4, 2026
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Trump vs China: la guerra por Latinoamérica tras Venezuela

EE.UU. y China intensifican su pulso por América Latina con Venezuela como foco estratégico. Petróleo, litio, puertos e infraestructuras convierten la región en pieza clave de la rivalidad global, entre presión política de Washington y expansión económica de Pekín.

Trump vs China: la guerra por Latinoamérica tras Venezuela

Venezuela como señal y negocio: el pulso por petróleo, puertos y litio

La rivalidad entre Estados Unidos y China se ha tensado tras la decisión de Donald Trump de atacar Venezuela, un movimiento que coloca a América Latina en el centro del tablero global. Pekín, por boca de su portavoz de Exteriores, Mao Ning, ha defendido que los países latinoamericanos son soberanos y pueden elegir sus socios, dejando claro que mantiene su cooperación con la región, incluida Venezuela.

En paralelo, Trump lanzó un mensaje directo en una reunión con petroleras: China solo podrá comprar crudo venezolano bajo control de Estados Unidos. Para el analista Xulio Ríos, este tipo de pasos buscan marginar la influencia china en Latinoamérica. Traducido al lenguaje real: Washington quiere volver a mandar en lo que siempre consideró su zona de influencia, y lo hace mezclando seguridad, energía y presión política.

Qué busca China en Latinoamérica (y por qué preocupa a Washington)

El interés chino no es nuevo ni accidental. Según Ríos, Pekín publicó hojas de ruta para América Latina en 2008, y las actualizó en 2016 y 2025. En esos documentos, China dejó por escrito su intención de anticiparse a cambios en la política exterior, especialmente de Estados Unidos.

La presencia china se consolidó sin bases militares ni grandes discursos: a base de comercio, inversión y financiación. América Latina aporta recursos naturales y un mercado de 650 millones de habitantes. La economista Alicia García-Herrero advierte que es ingenuo pensar que a China solo le interesa el Pacífico: sus ambiciones son globales y su estrategia en la región sigue el patrón que ha aplicado en otras partes del mundo.

En materias primas, el mapa es claro: Brasil y Argentina como proveedores de soja; Chile y Perú como piezas clave del cobre; Venezuela y Brasil como suministradores energéticos; y el litio del ‘triángulo’ (Argentina, Bolivia y Chile) como recurso esencial para baterías y coches eléctricos.

Dos décadas de dependencia: contratos, préstamos e infraestructuras

Empresas chinas (muchas estatales) han comprado activos y entrado en sectores estratégicos: energía (hidroeléctricas en Ecuador, parques solares en Chile, proyectos petroleros en Venezuela, redes eléctricas en Brasil) e infraestructuras (puertos, carreteras, ferrocarriles y telecomunicaciones), según el economista Jorge Fonseca. A cambio, China coloca en la región productos manufacturados, maquinaria y tecnología.

La tercera pata ha sido el dinero: bancos públicos chinos han concedido miles de millones en préstamos, a menudo ligados a suministros de materias primas. Para países con problemas de financiación, esto actúa como alternativa a organismos tradicionales, pero también como un mecanismo que amarra decisiones futuras. Resultado: una presencia económica tan transversal que revertirla tendría costes altos para ambas partes.

Las cifras que explican el choque: comercio, superávit y poder de presión

China cerró 2025 con un superávit comercial de 8,51 billones de yuanes (más de 1 billón de euros), un 20% más que el año anterior: exportaciones +6,1% e importaciones +0,5%. Los acuerdos con América Latina han empujado estos resultados.

En 2000, China era el 1,7% del comercio exterior latinoamericano. En 2024, el intercambio superó 518 000 millones de dólares (unos 445 000 millones de euros). Hoy es el segundo socio comercial de la región y el primero en países como Brasil, Bolivia, Perú, Chile o Uruguay.

Aun así, la relación comercial de Latinoamérica con EE.UU. sigue siendo más intensa: Washington exporta a la región casi el doble que Pekín y mantiene un saldo comercial más favorable. Esa palanca alimenta la estrategia de presión: aranceles, vetos empresariales, revisión de contratos y diplomacia agresiva.

Doctrina Monroe recargada: ‘Donroe’ y el regreso del mando por la fuerza

Para entender el giro, hay que mirar a la Doctrina Monroe (1823): ‘América para los americanos’. Según Fonseca, nunca se abandonó y se refleja en ocupaciones, golpes y desestabilizaciones en la región. Con Trump, esta lógica reaparece sin complejos: una ‘Donroe‘ que traslada la rivalidad global al hemisferio occidental y señala a China como actor a frenar.

El problema para Pekín es un entorno político más hostil: vetos a empresas chinas, campañas de descrédito y presión directa sobre gobiernos latinoamericanos. Para la región, el riesgo es quedar atrapada en una guerra de influencias donde el que pone sanciones y aranceles suele imponer condiciones.

El ataque a Venezuela: aviso a China y prueba de músculo

La intervención para detener a Nicolás Maduro se interpreta como un aviso estratégico. El catedrático José Antonio Gurpegui sostiene que el destinatario principal del mensaje es China y que el ataque muestra de qué es capaz EE.UU. para blindar Sudamérica. También apunta que las protestas de Rusia o China han sido contenidas.

García-Herrero coincide: China no reaccionó con fuerza porque no es el momento de ‘hacer ruido’ si Trump se siente fuerte, pero eso no significa que esté dispuesta a perder inversiones. Según ella, Trump busca complicarle el terreno a Pekín sin romper la baraja, manteniendo una tregua frágil.

Escenarios y riesgos: ¿puede Trump frenar a China en la región?

A corto plazo, la influencia china parece sólida por la profundidad de los vínculos. Los riesgos principales son dos: político (cambios de gobierno que revisen acuerdos o se alineen con Washington) y económico (dependencia de materias primas y volatilidad de precios). Fonseca prevé que China podría reducirse en algunas inversiones de infraestructuras y quizá minería, pero desplazarla del comercio será difícil.

Pekín reajusta su apuesta hacia proyectos de mayor valor añadido, cooperación tecnológica y programas culturales para afianzarse como socio a largo plazo. A medio plazo, se abren tres opciones: competencia contenida, polarización que obligue a elegir bando, o una Latinoamérica que intente sacar ventaja negociando mejores condiciones.

Gurpegui destaca además dos infraestructuras clave para la nueva Ruta de la Seda: el puerto en Brasil y el macro puerto de Chancay en Perú. Y apunta otra tendencia: tras resultados electorales recientes en Chile, Argentina o El Salvador, parte de la región estaría siguiendo la estela de Trump.

En el radar aparece también Colombia. Fonseca afirma que está en el punto de mira de Trump por su petróleo no explotado en la Amazonia y su posición geoestratégica; y que la excusa del narcotráfico podría facilitar una actuación que, según este análisis, reforzaría el control del Canal de Panamá y el corredor entre Pacífico y Atlántico.

La conclusión incómoda: la batalla por Latinoamérica ya no va solo de ideología, sino de puertos, energía, minerales críticos y control político. Trump es imprevisible, pero el ‘trumpismo’, advierte Gurpegui, puede sobrevivirle. Y la región se encamina a cruzar el río ‘tanteando las piedras’, como dice el proverbio chino.

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