
Primate: terror sin sermones contra el cine ‘prestigio’
Un slasher de los de antes: hechos, sangre y silencio
A veces, no explicar es la mejor explicación. Esa es la idea que recorre Primate, descrita como un regreso a la película de monstruos parca en palabras y centrada en lo esencial: el acoso de una bestia y la violencia sin barniz. La cinta se presenta como heredera de dos referentes claros del terror clásico: La noche de Halloween (1978), que convirtió a Michael Myers en el mal despersonalizado que no necesita justificaciones, y Cujo, el San Bernardo de Stephen King que tras la mordedura de un murciélago contrae rabia y queda dominado por lo más atávico.
Johannes Roberts y la apuesta por lo físico
El director Johannes Roberts se permite replicar o reciclar motivos de su film A 47 metros, al que el texto original define como económico y eficaz dentro del cine de claustrofobia y tiburones. En Primate, el foco está en una decisión que hoy suena casi subversiva frente al abuso del CGI: efectos prácticos. El chimpancé Ben no sería una creación digital, sino una presencia «real» en plató, algo que acerca al público a una experiencia más directa e incómoda.
La violencia como antídoto contra la corrección moral
El texto remarca que Primate no se corta: muestra sangre y huesos rotos, material que se considera más interesante que declaraciones sensibleras, científicas o alegatos ecologistas «afortunadamente superados». Aquí aparece el choque con una tendencia dominante en el terror reciente: ese simulacro de elegancia, simetría y necesidad de prestigio que, para muchos espectadores, funciona como censura blanda: menos cine y más lección moral.
Sin moralejas ni explicaciones: el monstruo no pide perdón
Roberts, según el análisis original, evita el «error» de completar la película con explicaciones innecesarias, buscar un «tema» impostado o alargar la historia para aparentar profundidad. En su lugar, deja espacio para humor negro y algunas connotaciones sexuales (con personajes inesperados) dentro de un slasher canónico. Y sobre todo, se niega a romantizar o humanizar a Ben: no hace falta convertir al monstruo en víctima ejemplar para que el público lo mire. En el terror, el espectador también ha jugado a identificarse con el monstruo, sea Freddy, Chucky, Jason o el matarife de turno.
Imágenes que hablan solas
Entre los momentos destacados se citan dos imágenes: la del chimpancé asomando la cabeza por una puerta, evocando a Jack Nicholson en El Resplandor, y otra más sutil en la que Ben se queda hipnotizado mirando el agua de una piscina. Ahí el film recuerda que la hidrofobia es un síntoma clásico de la rabia, sin necesidad de subrayados discursivos.
Zero Censura: cuando el terror deja en evidencia al «terror con agenda»
En un momento en el que parte de la industria insiste en envolver el género con mensajes obligatorios y coartadas de «prestigio», Primate se reivindica justo por lo contrario: no sermonea, no pide perdón y no se distrae en propaganda. Puede gustar más o menos, pero su propuesta es clara: si vas a hacer terror, hazlo sin complejos. Y eso, hoy, ya es una forma de llevar la contraria.



