El conflicto con Rusia se enquista, dispara los costes humanos y económicos y expone la fatiga política de una Unión Europea cada vez más dividida y sin una estrategia clara de salida.

La guerra se estanca y el desgaste se impone
La guerra entre Rusia y Ucrania ha entrado oficialmente en una fase de desgaste total. Tras años de combates, el frente apenas se mueve, mientras el coste humano se multiplica y la destrucción de infraestructuras se convierte en rutina.
Lo que comenzó como un conflicto con objetivos militares definidos se ha transformado en una guerra larga, cara y sin horizonte claro, donde ambos bandos consumen recursos a un ritmo difícilmente sostenible.
Coste humano y económico: una factura que no deja de crecer
Las cifras de víctimas —militares y civiles— continúan aumentando, al igual que el impacto sobre la economía ucraniana, sostenida artificialmente por la ayuda exterior. Ciudades enteras siguen dependiendo de suministros energéticos inestables, mientras la población vive bajo una normalización de la guerra que erosiona moral y cohesión social.
En el lado ruso, las sanciones y el esfuerzo bélico prolongado también pasan factura, aunque el Kremlin ha demostrado una capacidad de resistencia mayor de la prevista por los analistas occidentales.
Europa empieza a mostrar fatiga política y financiera
La Unión Europea afronta un escenario incómodo. El apoyo económico y militar a Ucrania se ha convertido en un agujero financiero para varios Estados miembros, con presupuestos tensionados, inflación persistente y creciente descontento social.
Cada vez más gobiernos europeos enfrentan presiones internas para priorizar problemas nacionales frente a un conflicto exterior que no ofrece resultados visibles. La unidad europea empieza a resquebrajarse bajo el peso del cansancio político.
Crecen las dudas sobre la “victoria total
En círculos diplomáticos y militares occidentales aumenta el escepticismo. La idea de una victoria total sobre Rusia pierde fuerza, sustituida por un debate incómodo sobre negociaciones, cesiones territoriales y salidas imperfectas.
Aunque oficialmente se mantiene el discurso de apoyo “el tiempo que haga falta”, la realidad es que el tiempo juega en contra: más guerra significa más desgaste, más división interna y menos margen de maniobra.
El riesgo de una guerra cronificada
El mayor peligro ahora es la cronificación del conflicto, al estilo de otras guerras interminables que acaban enquistadas durante décadas. Un escenario que beneficiaría a pocos y debilitaría estructuralmente a Europa, tanto económica como estratégicamente.
Mientras tanto, Ucrania depende cada vez más de la ayuda exterior, y Rusia apuesta por resistir más que vencer, una estrategia clásica de desgaste frente a democracias cansadas.
Una guerra que pone a prueba a Occidente
La fase actual del conflicto revela una verdad incómoda: Occidente no estaba preparado para una guerra larga. Sin una estrategia clara de salida, el apoyo a Ucrania corre el riesgo de convertirse en un compromiso indefinido, costoso y políticamente explosivo.
¿Cuánto tiempo podrá Europa sostener una guerra que no gana, pero tampoco se atreve a cerrar?



