El presidente anuncia conversaciones con The Coca‑Cola Company para sustituir el jarabe de maíz por azúcar de caña “real”, una modificación que promete transformar el sabor emblemático de la bebida.
Donald Trump lleva su influencia hasta el refresco más icónico
Donald Trump ha afirmado en redes sociales que ha mantenido conversaciones con The Coca‑Cola Company para impulsar un cambio significativo: reemplazar el actual jarabe de maíz de alta fructosa, principal edulcorante, por azúcar de caña real. Según el expresidente, esta azúcar menos refinada aporta un sabor «más profundo, parecido al caramelo», y genera una bebida «simplemente mejor».
Aunque Coca‑Cola no ha confirmado el cambio de fórmula, un portavoz declaró a CNN que la empresa «agradece el entusiasmo de Trump» y que “próximamente se compartirán más detalles sobre nuevas e innovadoras ofertas”. La incógnita está servida: ¿se lanzará una edición reformulada de la bebida?
El cambio implica más que sabor: ¿salud o marketing?
La sustitución del jarabe de maíz por azúcar de caña podría responder a razones de salud: se ha debatido que el azúcar de caña es menos procesada y se percibe como «más natural». Además, amplía el atractivo a consumidores que demandan productos menos industrializados.
Sin embargo, el impacto real en salud sería limitado sin reducir la cantidad total de azúcar, y cabe plantearse: ¿es esto una reforma genuina o una estrategia de marketing político? Trump, conocido consumidor de Coca‑Cola Light, mantuvo tensas relaciones con la marca durante años, aunque recibió una botella conmemorativa al asumir su segundo mandato en enero de 2025.
¿Una jugada política envuelta en refresco?
La propuesta de Trump casa con su perfil mediático: polarizante, pero siempre en boca del público. Para Coca‑Cola, adoptar esta línea supuestamente “más natural” puede conectar con consumidores sensibles a la salud, pero también corre el riesgo de ser percibido como una maniobra política que explota una marca global.
¿Puede Trump reescribir la historia del sabor de Coca‑Cola? ¿O estamos ante otra estrategia de imagen política aprovechando una bebida simbólica de EE. UU.?



