Scream 7: Neve Campbell desafía el boicot pro Gaza
Hollywood, rehén de la política: el slasher vuelve a la guerra cultural
La séptima entrega de Scream llega marcada por una batalla que ya es rutina en la industria: la presión política y el activismo como arma arrojadiza. Parte de los seguidores de Scream V y Scream VI, ambas dirigidas por Radio Silence y protagonizadas por Melissa Barrera, han llamado al boicot de Scream 7 junto a activistas vinculados a la guerra de Gaza, después de que la actriz fuera despedida por la productora tras unas declaraciones en redes sobre Israel.
En paralelo, los fans de la saga original de Wes Craven celebran un giro que suena a corrección de rumbo: Kevin Williamson, creador de la idea original, se sienta ahora en la silla de director y recupera al reparto clásico (y parte del secundario de las dos anteriores). El resultado apuesta por un aire de whodunnit noventero y por una llamada a la fraternidad entre seguidores, intentando mantener la saga dentro de su universo metacinematográfico sin que la arrastre el barro ideológico del momento.
Menos guiños al slasher y más nostalgia: un «deja vu» calculado
Esta vez, Scream 7 se queda sin los homenajes explícitos al género que hicieron famosa a la saga. La película provoca un inevitable «deja vu» de thriller convencional: es la primera entrega en la que la serie deja de reflexionar abiertamente sobre el slasher, aunque eso no significa que Williamson renuncie a una película que se piensa a sí misma.
El prólogo, uno de los puntos más fuertes, arranca en una reproducción de la casa original convertida en Airbnb, casi un parque temático de la primera película. La idea es transparente: la tragedia de una generación acaba convertida en entretenimiento para la siguiente. La nostalgia no va por fuera, va por dentro.

IA, manipulación y mito mediático: Sidney vuelve con otra amenaza
Con una Neve Campbell en plena madurez, la historia coloca de nuevo a Sidney Prescott bajo el acoso de un nuevo psicópata que toma la forma de un antiguo villano. Williamson apunta a un enemigo contemporáneo: la Inteligencia Artificial, capaz de modificar la percepción de los hechos y alterar su devenir, incluso en casos de violencia doméstica. A la vez, la película explora cómo Sidney asume definitivamente su condición de mito andante: la «final girl» ya no es solo un arquetipo, también es una figura mediática dentro del propio universo de la saga.
El relevo generacional se encarna en su hija, interpretada por Isabel May (de 1883), otro de los elementos destacados del reparto.
Un slasher eficaz, aunque rutinario en la puesta en escena
Como marca de la casa, Scream vuelve a cuidar a sus actores y a mantener una fluidez superior a la media del slasher. Williamson entiende la estructura: los primeros 45 minutos funcionan como un prólogo largo antes del juego del gato y el ratón. Se concentra en momentos diseñados para el aplauso del fan y en algún asesinato inesperadamente gore, calculado para disparar la reacción en sala.
Donde la película flojea es en la puesta en escena: hay demasiadas secuencias resueltas con el típico plano-contraplano para un evento palomitero como Scream. Esa realización más plana resta fuerza al folletín sentimental y a la continuidad emocional de los personajes. Pero en una séptima entrega, el listón realista es otro: a veces, en Hollywood, lo revolucionario ya no es innovar, sino sobrevivir a la política.



