La normativa impulsada por el Ministerio de Educación ha reducido la exigencia académica, suavizado evaluaciones y normalizado la promoción automática, empujando al sistema hacia una igualdad por abajo que perjudica especialmente a los alumnos más vulnerables.

Una reforma que rebaja el nivel académico
La actual ley educativa promovida por el Ministerio de Educación ha consolidado un modelo basado en menos repetición, evaluaciones más laxas y eliminación de incentivos al rendimiento. El objetivo declarado era reducir el fracaso escolar; el resultado real ha sido rebajar el nivel general.
La promoción automática se ha convertido en norma y no en excepción, enviando un mensaje peligroso al alumno: el esfuerzo ya no es determinante para avanzar.
Promoción sin aprendizaje: aprobar sin saber
Cada vez más estudiantes pasan de curso sin dominar contenidos básicos. Matemáticas, comprensión lectora y ciencias pierden peso frente a criterios subjetivos y competencias difusas difíciles de medir.
Este sistema maquilla las estadísticas, pero no mejora el aprendizaje. Se aprueba más, sí, pero se aprende menos. Y cuando el problema aflora —en bachillerato, FP o universidad— ya es demasiado tarde.
Castigar la excelencia en nombre de la igualdad
La ley no solo protege al que no alcanza objetivos, sino que penaliza al alumno que destaca. La excelencia académica deja de ser incentivada y pasa a considerarse un elemento incómodo dentro del aula.
Lejos de fomentar la superación, el sistema transmite una idea perversa: esforzarse no merece la pena, porque el resultado será el mismo para todos.
Igualar por abajo: el golpe a los más humildes
El efecto más grave de esta política es social. Los alumnos de familias con recursos pueden compensar fuera del aula: academias, refuerzo privado, apoyo familiar. Los alumnos de entornos humildes no.
Para estos estudiantes, la escuela es la única oportunidad real de progreso. Al reducir la exigencia, el sistema los abandona y perpetúa la desigualdad, justo lo contrario de lo que promete.
Profesores desautorizados y aulas ingobernables
La reducción de exigencia va acompañada de una pérdida de autoridad del docente. Evaluar con rigor se convierte en un problema, repetir es visto como un fracaso del profesor y no del alumno, y la disciplina queda en segundo plano.
Sin autoridad, sin exigencia y sin respaldo institucional, el aula deja de ser un espacio de aprendizaje.
El discurso político frente a la realidad educativa
Desde el Gobierno de España se insiste en que el sistema es “más inclusivo”. Pero los datos y la experiencia diaria en los centros revelan otra cosa: más inclusión estadística, menos conocimiento real.
El relato oficial choca con una realidad cada vez más evidente para docentes, familias y empresas.
Consecuencias a medio y largo plazo
Un sistema que no exige produce:
- Jóvenes con títulos devaluados
- Menor productividad
- Más precariedad laboral
- Dependencia creciente del Estado
La educación deja de ser motor de progreso para convertirse en una fábrica de frustración.
Sin esfuerzo no hay igualdad
Eliminar la cultura del esfuerzo no corrige desigualdades, las consolida. Sin exigencia, sin mérito y sin evaluación real, el sistema educativo español condena a los más débiles y empobrece al conjunto del país.
La igualdad real no se logra bajando el listón, sino dando a todos la oportunidad de superarlo.
¿Puede una sociedad prosperar cuando convierte el esfuerzo en una excepción y la excelencia en un problema?



