viernes, marzo 6, 2026
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Kurdos e Irán: la guerrilla que aterra al régimen

Kurdos e Irán: la guerrilla que aterra al régimen

Washington desliza invasión y el tablero salta por los aires

En los montes Zagros, en la frontera occidental de Irán, el movimiento de tropas rompe un silencio histórico mientras Teherán intenta mirar hacia otro lado. En Washington, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, confirmó este miércoles que una invasión terrestre sigue siendo una opción que Donald Trump mantiene sobre la mesa. Sobre el terreno, el factor decisivo no son solo los misiles ni los bombardeos: es un pueblo sin Estado, pero con control del territorio y experiencia de combate, los kurdos.

Las milicias kurdas ya fueron claves en las guerras de Siria e Irak para la toma terrestre de enclaves. Pero también acumulan una lección amarga: colaborar con Occidente no siempre les sale rentable. En esta nueva escalada, los kurdos vuelven a quedar en el centro del puzle regional, y para ellos el conflicto no es solo geopolítica: es el último asalto de una lucha de un siglo.

Quiénes son y por qué importan ahora

Los kurdos son población indígena de Mesopotamia y suman entre 25 y 35 millones, repartidos entre el sureste de Turquía, el noreste de Siria, el norte de Irak y el noroeste de Irán. Son la mayor nación sin Estado del mundo: un gigante demográfico al que el diseño colonial posterior a la derrota del Imperio Otomano dejó sin fronteras.

El periodista kurdo-iraní Soran Qurbani sitúa el foco en cuatro provincias iraníes: Azerbaiyán Occidental, Kurdistán, Kermanshah e Ilam. Allí, unos 12 millones de kurdos representan casi el 10% de la población iraní y, según su testimonio, han vivido 47 años de República Islámica en una doble resistencia: por etnia y por religión, al ser en su mayoría suníes frente al chiismo oficial.

Qurbani sostiene que, pese a ser minoría, los kurdos concentran más del 40% de las ejecuciones políticas anuales. Y recuerda que la protesta tras la muerte de Mahsa Amini en septiembre de 2022 internacionalizó un lema que no nació en los platós: ‘Mujer, vida, libertad’ proviene del ‘Jin, Jiyan, Azadî’ kurdo. También subraya que partidos como PDKI o Komala se presentan como seculares y socialistas, no como movimientos islamistas.

La carta kurda: lo que el régimen teme y Occidente usa

La entrada de los kurdos como actor beligerante en la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán eleva el riesgo de la escalada. Qurbani asegura que estos grupos, aunque cuentan con armamento ligero y Kalashnikovs, han perfeccionado una guerra de guerrillas que la Guardia Revolucionaria teme más que a los misiles. Su tesis es clara: si lograran controlar el oeste con apoyo aéreo de Washington y Tel Aviv, el mapa regional diseñado tras la Primera Guerra Mundial empezaría a desmoronarse.

Pero aquí aparece el punto que muchos medios maquillan y que conviene decir sin rodeos: para las grandes potencias, las minorías suelen ser herramienta antes que causa. La historia kurda está atravesada por promesas rotas desde 1920: el Tratado de Sèvres prometió una patria que el Tratado de Lausana borró tres años después. La activista ante la ONU Shilan Turgut lo resume con crudeza: la ‘traición’ es una herida que se propaga.

Los kurdos recuerdan abandonos en 1975, 1991 y 2019 en Siria, cuando la retirada estadounidense abrió la puerta a la entrada de tropas turcas. Turgut insiste en que cualquier cambio debe nacer del propio pueblo iraní y no de una ingeniería externa que use a las minorías como ‘carne de cañón’ para intereses ajenos, y defiende que el derrocamiento del régimen debe ser un esfuerzo conjunto entre kurdos, persas y otras comunidades.

Turquía, el freno: el aliado incómodo

El profesor Barah Mikail (Saint Louis University) advierte de la contradicción en la política exterior de EE. UU.: se retira de Siria frustrando a los kurdos y, cuando le conviene en Irán, vuelve a ponerlos en primer plano. Para Mikail, jugar la ‘carta kurda’ daña tanto la imagen kurda como la estabilidad regional.

El principal freno es Turquía. Mikail recuerda que Ankara rechaza cualquier escenario en el que los kurdos salgan reforzados: lo considera una amenaza existencial. Y alerta de que si EE. UU. sigue adelante, asumirá un malestar turco con consecuencias imprevisibles. En Turquía, donde los kurdos pueden ser hasta el 20% de la población, el Estado llegó a intentar borrar su identidad llamándolos ‘turcos de la montaña’. Tras el colapso del alto el fuego en 2015, el conflicto se ha endurecido y el temor de Erdogan es que una autonomía kurda en Irán complete un eje que ya tiene cuotas de poder en Irak y Siria.

Si Irán cae: el riesgo de ruptura interna

Qurbani describe Irán como un mosaico de siete u ocho grupos étnicos: persas (poder central), azeríes (unos 20 millones), kurdos (10-12%), baluchis en el sureste, árabes en el suroeste (zona petrolera), además de lori, turcomanos y gilak. En ese contexto, plantea que para los kurdos el dilema es extremo: arriesgarse con Washington e Israel o resignarse a otro siglo de represión.

Mikail baja la euforia: incluso con posible armamento estadounidense, los kurdos iraníes estarían en una posición débil y no tendrían fuerza política suficiente para planes de independencia a largo plazo, además de que difícilmente el conjunto de la población iraní apoyaría una secesión. A esto se suma la fragmentación interna kurda entre Turquía, Siria, Irak e Irán.

El desenlace puede marcar un punto de inflexión: si cae el régimen y aparece un liderazgo que respete a las comunidades, podría abrirse una convivencia inédita. Pero el pueblo kurdo, como recuerda Turgut, ha aprendido una verdad incómoda: ‘no tienen más amigos que las montañas’. Y en esta partida, mientras la Casa Blanca ‘no descarta opciones’, ellos saben que la opción de rendirse nunca ha estado en la mesa.

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