Israel: el mayor hospital subterráneo vuelve a activarse
Rambam, Haifa: partos bajo tierra mientras escala la guerra
El centro médico Rambam, en Haifa (norte de Israel), ha vuelto a operar en su complejo subterráneo fortificado, descrito como el hospital subterráneo más grande del mundo, tras el inicio de una nueva escalada regional el 28 de febrero con ataques coordinados de Israel y EE.UU. contra el régimen de Irán y la posterior represalia. En este entorno, Nadav, padre primerizo, resume el estado de ánimo: ‘Es el lugar más seguro de todo Israel donde podemos estar’, dice tras el nacimiento de su hijo, sano, ya bajo tierra.
Según los datos difundidos desde el hospital, en estas instalaciones subterráneas han nacido más de 60 bebés. El complejo ocupa 60 000 m² en tres plantas: dos destinadas a servicios médicos y una para ambulancias y triaje. El sistema permite que maternidad y cuidados neonatales se mantengan ‘como arriba’, pero sin la presión de sirenas y alertas.

Qué ha pasado y por qué Rambam baja al subsuelo
La dirección del Rambam reactivó el hospital subterráneo en cuestión de horas. Su portavoz, Nathaniel Ayzik, sostiene que tras los primeros ataques, en unas diez horas el hospital ya era plenamente funcional en el subsuelo y los pacientes estaban reubicados por especialidades. Hoy, las plantas bajo tierra albergan unos 900 pacientes, incluidos más de 100 derivados desde otros centros del norte que no disponen de refugios seguros.
En capacidades, el Rambam subterráneo dispone de 2 000 camas, unidades de oxígeno, cuatro quirófanos, sala de maternidad y centro de diálisis. Además, se afirma que cuenta con electricidad, agua, oxígeno, alimentos y gas suficientes para ser autosuficiente durante varias semanas.
ANÁLISIS CRÍTICO: el ‘hospital más seguro’ como síntoma político
El dato que incomoda no es solo sanitario: es político. Que un país tenga que presumir de su ‘lugar más seguro’ para dar a luz tres plantas bajo el suelo dice más sobre la normalización del conflicto que sobre la medicina. Mientras en Europa se habla de ‘desescalada’ y ‘contención’, en Haifa se baja el hospital entero al aparcamiento convertido en búnker. Es la imagen real de una región donde la guerra no es una hipótesis, sino un plan operativo con cronómetro.
El relato oficial subraya la eficiencia logística (pacientes reubicados en horas, servicios completos), pero el trasfondo es la fragilidad de la seguridad civil cuando la guerra se regionaliza. Y aquí aparece un ángulo que suele diluirse en coberturas más complacientes: la escalada descrita comienza con ataques de Israel y EE.UU. sobre Irán y la represalia posterior. Ese orden de hechos importa, porque condiciona el debate internacional y expone la doble vara de medir con la que muchos gobiernos y medios juzgan quién ‘provoca’ y quién ‘responde’.
En el norte israelí vuelve a sobrevolar además el factor Hizbulá. El texto recuerda ataques dirigidos hacia Haifa sin víctimas y menciona un alto el fuego frágil en noviembre de 2024 que contemplaba el desarme de la milicia. En este contexto, Rambam no solo cura: también actúa como infraestructura estratégica, con sala de mando, pantallas de control de accesos, helipuerto y un ‘teléfono rojo’ de comunicación directa con autoridades militares y civiles. La frontera entre lo civil y lo militar, aquí, es cada vez más fina.
De 2006 a hoy: un búnker nacido del impacto de los misiles
La idea del hospital subterráneo se remonta a la Segunda Guerra de Líbano (2006), cuando Haifa fue atacada intensamente con misiles de Hizbulá y, según la dirección del centro, unos 70 misiles cayeron alrededor del hospital, haciendo temblar el edificio. No hubo víctimas, pero quedó claro que los pacientes no estaban protegidos. La solución implicó una inversión de 140 millones de dólares.
El plan de contingencia, diseñado en 2012, permitía trasladar el hospital al subsuelo en 72 horas (vaciar el parking, limpiar, desinfectar, bajar camas y equipos, habilitar quirófanos, instalar duchas y retretes y activar ventilación y purificación de aire). Pero las tensiones recientes con Irán llevaron a adelantar el despliegue para que, llegado el momento, solo hubiese que mover pacientes, como ocurrió el 28 de febrero.
La doctora Rebeca López, española en radiodiagnóstico, explica que el hospital está preparado y que los simulacros son frecuentes; reconoce que no son condiciones ideales, pero sí las más seguras. Y una ginecóloga identificada como María añade un mensaje contundente: bajo tierra se trabaja con tranquilidad y los pacientes se sienten a salvo; ella, además embarazada, admite que fuera del subsuelo no sabría si podría trabajar.
El contraste final es casi surrealista: en la planta -3 hay una guardería con decenas de niños, en su mayoría hijos del personal, jugando ajenos a las sirenas que suenan en superficie. La normalidad bajo tierra como respuesta a la anormalidad sobre ella.



