Aunque el IPC se modera en los titulares, la cesta de la compra y la vivienda siguen disparadas, los salarios no alcanzan y la negociación colectiva se convierte en un campo de batalla entre empresas asfixiadas y sindicatos al alza.

Inflación maquillada: el IPC baja, pero la vida no
La inflación “oficial” da tregua en los comunicados, pero la inflación real sigue golpeando con fuerza a los hogares. En España, el Índice de Precios de Consumo (IPC) se modera, mientras alimentación, energía residual y vivienda continúan en niveles que no retroceden.
El resultado es una brecha cada vez más evidente entre estadísticas y realidad cotidiana: hacer la compra cuesta más que hace un año y el alquiler no baja, pese a las promesas políticas y a una intervención creciente del mercado.
La cesta de la compra y la vivienda, los grandes ladrones del salario
Los productos básicos mantienen precios elevados, con subidas acumuladas que no se corrigen cuando la inflación general se desacelera. La vivienda, por su parte, se ha convertido en el principal impuesto encubierto para familias y jóvenes: alquileres al alza, oferta a la baja y una presión regulatoria que expulsa propietarios del mercado.
Este doble golpe explica por qué el poder adquisitivo sigue cayendo, incluso cuando el IPC “mejora”.
Salarios vs. coste de vida: subidas que no compensan
Las subidas salariales pactadas en convenios no alcanzan para compensar el encarecimiento acumulado. En términos reales, los trabajadores pierden capacidad de compra, especialmente en rentas medias y bajas, que destinan una mayor parte de sus ingresos a vivienda y alimentación.
El discurso de “salarios al alza” no resiste el contraste con el ticket del supermercado ni con el recibo del alquiler.
Negociación colectiva al límite: empresas ahogadas, sindicatos presionando
La negociación colectiva entra en una fase de tensión máxima. Los sindicatos UGT y CCOO presionan para trasladar la inflación pasada a los salarios, mientras pymes y sectores intensivos en costes advierten de márgenes agotados, crédito caro y menor demanda.
El riesgo es claro: subidas salariales sin productividad pueden traducirse en menos empleo, menos inversión y más cierres, especialmente fuera de las grandes ciudades.
Productividad estancada y política económica sin reformas
El problema de fondo es estructural: la productividad no crece. Sin reformas que impulsen inversión, innovación y competitividad, las subidas salariales se convierten en parches que no resuelven el empobrecimiento real.
La economía se sostiene más por gasto público y deuda que por crecimiento genuino, mientras familias y empresas absorben el coste.
Menos propaganda y más realidad
La inflación real no ha terminado. Simplemente ha cambiado de forma. Mientras el Gobierno presume de indicadores, los españoles viven peor, con salarios que no alcanzan y costes básicos que no ceden.
Sin vivienda accesible, sin productividad y sin reformas, el poder adquisitivo seguirá cayendo, por mucho que el IPC se maquille.
¿Cuánto tiempo más podrá sostenerse un modelo que presume de datos mientras vacía el bolsillo de los ciudadanos?



