El mago del Kremlin: Assayas explica a Putin sin Scorsese
Un retrato de Rusia que prefiere la leccion moral al riesgo
Vender El mago del Kremlin como un biopic de Vladimir Putin seria tentador, pero Olivier Assayas evita ese gancho y centra su pelicula en Baranov, el asesor y descubridor del lider ruso, interpretado por Paul Dano. Durante dos horas y media, la cinta repasa decadas de politica rusa a traves de la voz en off de Baranov: un relato que combina frialdad clinica con un barniz de intelectualidad cordial.
El problema es el de siempre cuando el cine europeo quiere ponerse trascendente: mucha explicacion y poca sangre. Dano sostiene el lado humano de un film excesivamente pedagogico y distante, que rehusa entrar a fondo en los pliegues psicologicos y relacionales que harian mas incomodo (y por tanto mas revelador) el retrato del poder.

De la «transicion moscovita» al control digital: demasiada agenda
Assayas lo tiene todo bajo control: puesta en escena, tono, ritmo. Esa disciplina coloca la pelicula por encima de otras cronicas criminales e historicas del director. Pero tambien la vuelve un producto contenido, que parece pensado para el espectador occidental que quiere «entender algo» de Rusia sin mancharse demasiado. La trayectoria de Baranov -artista en la «transicion moscovita», despues ejecutivo televisivo prospero y amoral, mas tarde apodado el «pequeno Rasputin»– funciona como guia para explicar la idiosincrasia del llamado «animal sovietico», ese que resistio el empuje del dinero de los oligarcas en los noventa.
En el fondo, el film apunta a una tesis clara: los mecanismos fallidos de corrupcion capitalista aplicados a una psique sovietica que no encaja del todo en el molde. El guion, atribuido a Emmanuel Carrere, es tan prodigo en acontecimientos que la pelicula parece a ratos una miniserie comprimida: se mencionan episodios como la creacion de una red de control digital por internet o la biografia misma de Baranov, temas que piden mas tiempo o, al menos, mas riesgo narrativo.
Jude Law como Putin y el cine que no se atreve a morder
Dos pilares destacan: la mirada tranquila de Paul Dano y el Putin de Jude Law, favorecido precisamente por su escaso tiempo en pantalla. La pelicula mantiene un ritmo sostenido y a menudo fascinante, sin caer en la epica ni en la conversacion de pasillo. Pero su gran carencia es politica y cinematografica a la vez: no logra crear metaforas o imagenes propias capaces de sustituir minutos de exposicion.
Assayas no es Scorsese -o no le dejan serlo-, y esa comparacion lo delata: donde uno habria buscado conflicto, peligro y drama, aqui se impone la explicacion. Incluso el personaje de Alicia Vikander queda reducido a poco mas que objeto de deseo, un sintoma de una obra que prefiere pasar lista de hechos antes que incomodar con relaciones y motivaciones. Al final, El mago del Kremlin guia al espectador por donde quiere, pero deja la sensacion de que, cuando mas falta hacia morder, decidio susurrar.



