El aniversario que Europa no debería olvidar

El 29 de abril se cumplen 40 años del peor accidente nuclear de la historia: Chernóbil. El 26 de abril de 1986, el reactor 4 comenzó a arder y liberó material radioactivo durante 11 días. La nube se extendió desde Ucrania (entonces URSS) a gran parte de Europa. El mundo tardó tres días en conocerlo. Cuatro décadas después, la guerra ha devuelto la pregunta incómoda: ¿pueden estas infraestructuras soportar un conflicto moderno?
Chernóbil ocupada: la electricidad como última barrera
En 2022, tropas rusas avanzaron hasta la central de Chernóbil, la ocuparon y colocaron minas. La instalación está cerrada: la producción eléctrica se detuvo en 2000. La zona del reactor accidentado permanece cubierta por un sarcófago metálico que protege los restos de 1986, pero en guerra ese blindaje es, en la práctica, una protección limitada frente a bombardeos.
Según Petro Kotin, presidente de Energoatom, la central necesita un suministro constante de electricidad: es la última línea de defensa. Sin luz, las bombas de refrigeración dejarían de funcionar, habría sobrecalentamiento y se podría liberar radiación. El jefe de electricidad, Olexij Schelestyj, advierte del mismo punto crítico. Durante 44 días, más de 100 personas trabajaron para evitar otra catástrofe.
Zaporiyia: una central como objetivo militar
El 4 de marzo de 2022, el ejército ruso rodeó la central de Zaporiyia, la bombardeó y la ocupó pocos días después. Es la mayor de Europa: 6 reactores y 11 000 empleados. Un trabajador, Aleksandr Pintielin, recuerda el impacto de un misil que atravesó el tejado del edificio e hizo un agujero junto a la zona donde guardaban combustible. Kotin alertó: si un proyectil impacta en ese material, el riesgo de catástrofe es real.
Tras la ocupación, empleados pasaron a trabajar para Rusia. Una técnica, en anonimato, asegura que algunos compañeros fueron detenidos y desaparecieron. Afirma además que parte del personal fue sustituido por trabajadores rusos sin formación específica en el sistema ucraniano, y que, en caso de emergencia, podrían obligarla a acudir a la planta.
¿Nucleares y guerra son compatibles? El debate que incomoda
La guerra contra la red eléctrica ucraniana comenzó en octubre de 2022. Un mes después, las cuatro centrales activas, con 15 reactores, se desconectaron de la red nacional. Chernóbil, pese a estar cerrada, tuvo que recurrir a sistemas de emergencia otra vez.
Volodymyr Kudrytskyi, responsable de Ukrenergo, lo resume sin eufemismos: en guerra, el enemigo bombardea la red eléctrica. Y sin electricidad, no hay refrigeración segura para materiales combustibles. Ucrania teme que, en una retirada, Rusia destruya instalaciones. Kotin advierte que incluso daños parciales al material radioactivo tendrían impacto ambiental.
Análisis crítico: la lección política que se evita
La discusión pública suele reducirse a consignas: ‘nuclear sí’ o ‘nuclear no’. Pero el caso ucraniano introduce un factor que en Europa se menciona poco: la seguridad estratégica. Una central nuclear en un país en guerra (o con infraestructuras eléctricas vulnerables) se convierte en un punto de presión militar, propagandística y psicológica. No hace falta un impacto directo para generar una crisis: basta con amenazar el suministro eléctrico, la logística o el personal.
En un continente que presume de planificación y seguridad, Chernóbil recuerda dos hechos incómodos: la opacidad con la que se gestionó el desastre en 1986 y, ahora, la fragilidad de infraestructuras críticas cuando un ejército decide usarlas como moneda de cambio. La pregunta no es solo técnica; es política: ¿quién protege estas instalaciones cuando el derecho internacional se vuelve papel mojado?



