La Casa Blanca endurece el tono mientras Cuba abre la puerta a inversiones del exilio

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, elevó este lunes la presión verbal sobre Cuba pese a que ambas partes mantienen conversaciones para mejorar relaciones. En un acto en la Casa Blanca, el mandatario aseguró que sería un ‘gran honor’ para él ‘tomar Cuba’, una frase que vinculó a su intención de forzar un acuerdo con La Habana o, si no, avanzar hacia una intervención más directa.
Preguntado por periodistas sobre si la estrategia con Cuba sería similar a la aplicada este año en Venezuela e Irán, Trump contestó: ‘No puedo decirte eso. Ellos están hablando con nosotros. Es una nación fallida. No tienen dinero, no tienen petróleo, no tienen nada’. A continuación remató: ‘creo que tendré el honor de tomar Cuba’.
Ante una nueva petición de aclaración, Trump insistió: ‘Tomar Cuba de alguna forma, ya sea liberarla o tomarla. Creo que puedo hacer cualquier cosa que quiera con ella’. Recalcó además la supuesta debilidad de la isla y de su dirigencia, definiéndola como ‘una nación muy debilitada’.
Una ‘isla hermosa’ y el relato del exilio como palanca política
En el mismo discurso, Trump combinó el lenguaje de fuerza con elogios: describió a Cuba como ‘una isla hermosa’ con ‘gran gente’ y puso como ejemplo el éxito económico de emigrados cubanos en Estados Unidos. Afirmó conocer a cubanos ‘tratados terriblemente’ que prosperaron en EE.UU. y mencionó el caso de un amigo suyo que empezó ‘sin nada’ y terminó siendo ‘el mayor dueño de gasolineras del país’.
También subrayó que muchos cubanos en el exterior querrían volver a visitar la isla, señalando que algunas familias no han regresado en 50 años.
Apagón total, embargo energético y negociaciones opacas
Las declaraciones llegan el mismo día en que Cuba sufrió un apagón total de su red eléctrica. Las autoridades cubanas atribuyen la crisis al bloqueo energético impuesto por Estados Unidos, que en enero amenazó con aranceles a cualquier país que venda o suministre petróleo a la isla.
Paralelamente, La Habana anunció que permitirá a sus ciudadanos en el exterior invertir en el sector privado, incluyendo al exilio que lleva décadas sin pisar Cuba. El anuncio se enmarca en las conversaciones reconocidas por el propio régimen con la Administración Trump, tras el endurecimiento de sanciones y el embargo energético con el objetivo de forzar un ‘acuerdo’ cuyos términos no se han hecho públicos.
En una entrevista emitida por NBC, el vice primer ministro y ministro de Comercio Exterior e Inversión Extranjera, Oscar Pérez-Oliva, afirmó que Cuba está abierta a una relación comercial ‘fluida’ con empresas estadounidenses y con cubanos residentes en EE.UU. y sus descendientes. Añadió que la apertura iría más allá del comercio e incluiría inversiones pequeñas y grandes, especialmente en infraestructura.
Análisis: el doble lenguaje del régimen y la estrategia de presión
El choque de mensajes retrata una partida clásica: Washington incrementa el coste político al castrismo mientras La Habana intenta vender una ‘apertura’ selectiva para captar divisas sin ceder el control. Trump, por su parte, mezcla amenaza y relato épico (‘liberarla o tomarla’) para colocar el foco en el fracaso económico del sistema cubano y, a la vez, presentar al exilio como actor decisivo en cualquier cambio.
Lo relevante, más allá del titular incendiario, es el fondo: negociaciones sin transparencia, un país al borde del colapso energético y una apertura económica condicionada que el régimen ofrece cuando le falta lo básico. Si Cuba es realmente ‘una nación fallida’, la pregunta política es quién y cómo pagará la factura del rescate: si los mismos de siempre o quienes llevan décadas fuera y ahora son llamados a invertir.



