Las aulas dejan de ser espacios de aprendizaje para convertirse en herramientas de ingeniería social. En España, la ideología pesa cada vez más que el conocimiento, mientras el nivel académico cae y la promoción automática se normaliza.

De enseñar a moldear: el cambio silencioso en las aulas
La educación en España atraviesa una transformación profunda y preocupante. El sistema ya no se centra en transmitir conocimientos sólidos, sino en inculcar marcos ideológicos definidos desde el poder político. El resultado es un aula que forma menos y opina más, donde el debate sustituye al aprendizaje y el contenido se diluye en consignas.
Este giro no es casual: responde a un modelo que entiende la escuela como palanca de transformación social, incluso a costa del rendimiento académico.
Caída del nivel académico: datos que incomodan
Los informes comparativos y las evaluaciones internas coinciden: empeora la comprensión lectora, se debilitan matemáticas y ciencias y se pierde dominio de competencias básicas. La respuesta oficial no ha sido reforzar contenidos, sino relativizar resultados y rebajar exigencias.
Cuando el listón baja, las estadísticas mejoran, pero el aprendizaje real se resiente. Aprobar más no equivale a saber más.
Promoción automática: aprobar sin aprender
La promoción automática se ha convertido en norma. Repetir curso es presentado como un fracaso del sistema —o del docente—, nunca del alumno. El mensaje es demoledor: esforzarse no es imprescindible.
Este enfoque maquilla el fracaso escolar a corto plazo, pero lo agrava a medio y largo plazo. Los déficits se arrastran hasta etapas superiores, donde ya no hay margen para corregirlos.
Ideología frente a materias troncales
Mientras lengua, matemáticas, ciencias e historia pierden peso, proliferan contenidos transversales cargados de enfoque ideológico. Se prioriza el “cómo sentir” frente al “qué saber”, desplazando el rigor por la narrativa.
El problema no es debatir valores, sino hacerlo a costa del conocimiento. Sin base académica sólida, no hay pensamiento crítico posible: solo repetición de consignas.
El alumno vulnerable, el gran perjudicado
Lejos de reducir desigualdades, este modelo las consolida. Los alumnos con recursos compensan fuera del aula; los de entornos humildes dependen exclusivamente de la escuela. Al bajar la exigencia, se les roba la única oportunidad real de ascenso social.
Igualar por abajo no es inclusión: es abandono.
Profesores desautorizados y aulas ingobernables
La deriva ideológica va acompañada de pérdida de autoridad del docente. Evaluar con rigor se penaliza; mantener disciplina se cuestiona; exigir, se desaconseja. Sin respaldo institucional, el aula se resiente y el aprendizaje se resquebraja.
Un sistema que no protege al profesor no puede proteger al alumno.
El papel del Ministerio: más discurso, menos resultados
El Ministerio de Educación responde con nuevas leyes y campañas, pero sin corregir el rumbo. Cambian los textos legales; no cambian los resultados. La educación se usa como campo de experimentación ideológica, no como política de Estado basada en evidencias.
Consecuencias para el país
Este modelo deja un legado peligroso:
- Títulos devaluados
- Menor productividad
- Más precariedad
- Menos movilidad social
- Ciudadanos menos formados y más dependientes
Un país que renuncia al conocimiento hipoteca su futuro.
Sin conocimiento no hay libertad
Convertir la educación en un laboratorio ideológico empobrece a los alumnos y debilita a la sociedad. Sin exigencia, sin materias troncales fuertes y sin respeto al mérito, la escuela deja de ser motor de progreso.
La educación no debe servir para pensar por los alumnos, sino para enseñarles a pensar.
¿Puede una democracia sostenerse cuando confunde enseñar con adoctrinar y aprobar con aprender?



