
La Mosca (1986): el remake gore de Cronenberg que incomoda
Un clásico del terror corporal que hoy seguiría escociendo
Enfermedad, dolor, placer, sexo y amor se mezclan sin filtros en La Mosca (1986), el remake dirigido por el canadiense David Cronenberg que demostró que rehacer un clásico no tiene por qué ser un ejercicio cobarde ni una operación de propaganda. Aquí hay carne, pus y tragedia, pero también una historia romántica bañada en ciencia ficción.
La película fue comentada en un nuevo programa de Par-Impar, con Juanma González y Dani Palacios, en esRadio, donde diseccionan por qué esta obra sigue funcionando como golpe al estómago décadas después.
Qué cuenta y por qué sigue funcionando
El protagonista es Seth Brundle, un científico brillante y socialmente torpe que ha desarrollado una tecnología de teletransportación. En un experimento fallido, una mosca entra en la cabina y su ADN empieza a fusionarse con el del insecto. El resultado es una metamorfosis progresiva y aterradora: un descenso al horror que solo se ve parcialmente amortiguado por su relación con una periodista que presencia la pérdida de humanidad del protagonista.
Cronenberg, en su primera película de gran presupuesto, toma el relato de George Langelaan y la película original de 1958 para convertir el monstruo en algo más incómodo: una reflexión viscosa sobre el cuerpo, la identidad, el miedo a la degradación física y, en última instancia, la muerte. Nada de sermones edulcorados: aquí lo humano y lo monstruoso se emborronan.
La lectura política y cultural: enfermedad, negación y rechazo social
La Mosca se ha interpretado como una alegoría de la enfermedad terminal, especialmente del sida, muy presente en el imaginario social de los años ochenta. El deterioro de Brundle, su negación inicial, el rechazo social y la dependencia de quienes lo rodean refuerzan esa lectura. Y es precisamente lo que hoy incomoda: el film no maquilla el drama ni lo convierte en consigna; muestra la fragilidad humana sin pedir permiso a la corrección política.
En un clima cultural donde se pretende controlar el lenguaje y reescribir el pasado a golpe de dogma, la película conserva su filo: habla del cuerpo y del miedo real a enfermar sin reducirlo a etiqueta o a relato obligatorio. Eso, en 2026, ya es casi un acto de rebeldía.
Jeff Goldblum, la clave del impacto
La humanidad (y extrañeza) de Jeff Goldblum sostiene los elementos más sci-fi y convierte a Brundle en un personaje entrañable y conmovedor, pero a la vez profundamente inquietante. El espectador no mira solo a un monstruo: mira a alguien que se rompe por dentro, en cámara lenta, sin épica y sin consuelo.
Por eso La Mosca es mucho más que una película de monstruos: es una obra trágica que utiliza el horror para explorar los límites del cuerpo y la fragilidad de la condición humana. Y lo hace con una crudeza que hoy muchos querrían censurar o domesticar.



